Hay luciérnagas
que se asemejan
al canto de un pez.
Y aves galopando
el silbido del búho
que trota veloz.
Manipulan con su puño
el tronido de las hojas
o el lamento del crepúsculo.
Escuchan que sus pasos
se vuelven un misterio
y se marchan en silencio.
Carcajean sus sollozos,
y se miran como ausentes,
mejor fingen su cordura.
Despintan su banalidad
con la tinta errónea
que dejaron en la aurora.
Y derrumban el tizne,
encogidos en su mesar
de pieles arraigadas.
27/Enero/2012.