miércoles, 7 de noviembre de 2012

Día 42. Toreando Firmamentos.

Sentí que esta noche sería perfecta para escribirle a la honorable noche, me senté como de costumbre no muy frecuente, frente al monitor, esperando a que pasara como rayo mi amada inspiración, no quise esperarle más, las ansias revoloteaban y entonces comencé a escribir.

Esto fue lo último que escuché de aquella boca que en un momento único, conversación a dos, ella me dijo...

-Gracias, es un halago que alguien escriba sobre mí, ni mis hermanos harían esto-

En aquel pasar de saliva, revuelta, revolcada por un sentimiento de placer, de emoción, de paz, esbocé una sonrisa con la sinceridad más enorme que pudiese existir, hasta me sentí en plenitud cuando el viento se deslizaba en aquel silencio que podría volverse inquieto entre nuestras miradas de amistad. Fue entonces que me preparé para conocer una historia jamás contada por alguien en carne y hueso, una historia que a lo mejor me hubiera gustado vivir, para contar, pero esta vez fue mucho mejor de lo que creí.

Sin duda me sentía muda, intranquila, deseosa, disimulaba un poco con la sonrisa, desvariaba y me reservaba la voz para no arruinar el momento. Pronto me convertiría en el mar sin fronteras, con las manos llenas de voces ajenas, con los ojos y la memoria de un atardecer, recordando la quietud de su implacable legado.
No quise dejarme al descubierto pero fue una sensación enardecedora, en algún momento tendría que saberlo, pero no sabía cómo, cuándo. Pude contenerme las ganas de explotar, pude sentirme el firmamento que toreaba nubes, alcanzando el apogeo de mi sangre, cuanto más y más me se tragaban mis oídos sus palabras me remontaba a los años en que la marea de toros caía sobre mis hombros, tomé el mejor ángulo del relato prestado y lo disfruté como quien escribe un poema, con el esmero preciso, ella era elocuente, sagaz, tan minuciosa para ponerle la atención más mágica, era, era la fascinación que me arrasaba en los gestos ocultos, aniquilaba mi juicio, lo estrujaba, era demolido por aquella inigualable escena de entrega, mi vida se debatía entre la guerra interminable del paisaje que con su aliento me trazaba muy contenta, era un eco que pronunciaba la bravura de su pecho que ardía como sólo los apasionados saben, nadie pudo hablarme antes de lo bello que puede ser un toro, nadie pudo mejor que ella mostrarme que en la sangre se lleva la pasión por ver toreando firmamentos.

Aún siento como me devoraba con sus palabras, creí que sería succionada por el agujero negro que rodeaba la calma y la contemplación de la locura, pedía más, yo quería más, y mi capricho fue cumplido, fue que me relató entonces su gran amor por los caballos, esa libertad, su vuelo, le descubrí la mirada atrevida cuando un brillo rodó por sus pupilas y ella estaba allí, inmóvil, alucinada por la travesía que cruzábamos con tan sólo los segundos.

Me conmovió tanto saborear de nuevo aquella intensidad de las cosas, saber que personas como ella guardan en su interior inquietud, tienen algo que los personifica como tal, es la esencia de cada quien, es una cualidad mayor que me revela curiosidad, que me impulsa contemplación, sigilo, casi una observación compulsiva, obsesiva, así me disfracé, y entonces encontré que mis "víctimas" tienen algo en común, se valen por un similar infinito, pero es el secreto que conservaré en un libro que sigue intacto, intacto desde aquella vez que un mismo aliento me robó el sueño.

En esta nota resalta mi estimación y admiración 
por mi amiga Ariana J. 

Prometiendo la continuidad de esta historia
que me revuelve los sentidos,
que se enmarca en nuestras páginas, mías. 
I. Goretti.®