Me llamo Óscar y siento que vivo para contar la siguiente historia que nunca conté...
Desplacé mi copa hasta la orilla de la mesa, era una noche majestuosa, en
los escurridos ventanales se anunciaban los bramantes chapuceros y el
renacer de un nuevo cielo, era el momento de un viernes sin Julio, el más inquietante de los días, me hervía la
sangre de la emoción y no podía romper el caudal de la rebeldía
que sucumbía mis deseos descubiertos por la incandescente lluvia desconocida.
Fue la profunda duda que se atrevía a cruzar mi confusa desesperación de
sueños en ese hermoso lugar donde la gente se consumía los ojos y se succionaban con besarse, en algunas miradas el disimulo les vencía y a pocos melancólicos que disfrutaban el escenario que la entallada noche ofrecía como anunciando los bramantes chapuceros y el renacer de un nuevo cielo se les desplomaba la continuidad de la sangre al compás de las manecillas que marcaban los tiempos sin tiempo y con marcha desesperada de maullar.
Mi suerte resucitó vacilante por la maravilla que antepusieron en mis ojos. Se nublaron las chispas de mis pupilas descritas en el llanto de Julio y todo tan pronto como el agujero negro estaba infértil, aquella inocente y flamante lluvia absorbió los líquidos escarlata que se remolineaban por el envase en forma de cuerpo, las vertebras fueron comprimidas a su merced, mi envoltura fue conjuro de sus deseos hasta volverme el más inmundo de los hombres sobre la faz del universo.
Jamás creí que se trozarían esas chispeantes miradas que tergiversaban como cualquier espíritu deambulando descaradamente frente a los ojos de los gatos y de los míos, aterrorizados y estupefactos, pobres, sentí todo al mismo tiempo, todo revuelto y en desorden, se me desprendió la voluntad de las manos y nadie, nadie salía a mi auxilio, sólo estaba yo, ahora bajo el caudal de la rebelde noche que sucumbía esos deseos incontrolables de ser su furia y su bravura. No podía permanecer más tiempo allí, me sentía una pequeñez aplastada sobre la banqueta, nadie venia a mi auxilio, sólo estaba yo, todo era un desorden, mis brazos amontonados y yo sin la posibilidad de desprenderme hasta afanarme en su mirada angelical y voraz. Nadie comprendía mi razón de ser, todos pensaban que sufría algún trastorno a raíz de aquel accidente que sufrió mi cuerpo cuando intentaba lanzarme a los brazos de la exquisita e inmaculada lluvia.
A lo mejor si me volvía una locura para la sociedad, pero para aquella excitante lluvia sería el Dios que adoraría sus fervientes derrames que anunciaban los bramantes chapuceros y el renacer de un nuevo cielo.
-¡Oh! Lluvia, amada mía, vuestro corazón se fundirá cuando mi lluvia interior escarlata se transforme con vos, y tu lluvia con la mía sean lo que nunca pensamos ser, una alcancía de caricias almacenadas en la inmensidad de cada cielo desconocido, alcemos los corazones y callemos el eco en un suspiro erotizado y silenciado, a la fuga, abandonemos la sensación de existir y arrojemonos como la lluvia de cada vida misma.-
FIN.
I. Goretti.®


