Nos sentamos en este paraíso de fértiles rocíos esperando a que el viento se arrojara con su rugido tibio, mientras la tierra de nuestra patria se desbordaba de sus días amedrentados.
La desesperación nula se convertía en añicos y mis deseos por anidar un chapucero en cada silencio engendrado por mis manos se desvanecían de poco en poco.
Nos esperamos vacilantes, encandilados por la desesperanza, desfilando miradas oportunas y coquetas, nos aferramos a la permanencia de la tierra que se desenvolvía con dureza, que simbolizaba la metáfora de nuestro engañado pensamiento.
Y cada vez que quisimos ser aves, como por sospecha de la escrupulosa alborada, nos acomodamos arrinconados en el sol de la noche, aflojando la virtud de la desnuda cascara que recubría nuestros cuerpos sin espectro, con la forma viva, incandescente, quemante.
Era nuestra apariencia, con ademanes intranquilos que rebasaba los instintos en las fronteras de nuestras cejas amenazantes, bajo el pudor de la ropa interior que se levantaba por la excitación, delicada, retorcida por la entrepierna, juguetona, erizada.
Y a veces cuando el decoro de la revelación se entrometía por el temor y el llanto, afligido el reproche, nos arrojamos en la inevitable agalla para ser la permanencia de nuestra tierra en el molde de cada cuerpo soñador, loco, nutrido y gustoso por el amor que circulaba como petroleo por las venas fervientes, espaciosas y caprichosas.
Agotando la solitaria decencia nos acogimos en las palabras de querer ser, de no evadir el gozo y enamorarse del interior puro y entregado que con anhelo se construía cuando nos habitamos el uno por el otro.
I. Goretti.®
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