lunes, 10 de diciembre de 2012

Día 43. Mujer.


En la anchura de su horizonte como el arco iris recién formado, con sus colores diversos, tan íntimamente unidos por el desvarío de la belleza interior que emanaba pureza, paz, firmeza, feminidad, y que no sufría la agonía sólo hasta originarse el embeleso que se clavaba en su memoria como una alianza de todo lo incierto, de lo otro jamás pronunciado. Era como si de pronto apareciese alguien en su vida y fuera capaz de recobrar sus instintos con el impulso de ser quien fue, y acelerar  la rebeldía incandescente. 

Al poco tiempo de convertirse en un anhelo y despertar la inspiración del arte en la luna iluminada se le obligó a decir su apellido con melancolía y grisácea aspereza, tal que fuera capaz de ahuyentar el bramido de la noche que anunciaba tantas cosas, tantas que se volvía la fragilidad para la esencia de lo que ella era, de lo que fue concebida cuando se le vio nacer, fue bautizada con el nombre de Mujer y el apellido de Procreación, esto último se volvió la condena de los años indelebles que juzgaban la existencia de ella, de Mujer.

Pero estaba convencida que en algún momento lo ilusorio de sus acabados internos serían capaces de descubrir la explosión de la penumbra y morir, y renacer, y volver a morir, bajo la posibilidad de ser descubierta y sentenciar su vida al precipicio del olvido que sus yugos le obligaban a temer, pero esto terminaba por ser pasajero y en el fondo sus deseos le producían el pensamiento más recóndito, el más impronunciable y reprobado para terceros, era la realidad de una cualquiera, pero ella, ella que su afán de volcarse como el mar, invadiendo con sus olas entre las rocas, arrasando todo a su paso con el rugir del crepúsculo, como una fiera, como una dama, como Mujer, acababa por evocar su entrega, en la intensidad de las horas descomunales, olvidando su incapacidad para arrojarse a lo confuso, se consumió las dudas, de modo que distorsionó su turbada identidad.

Pocas horas del sol hacía brillar su incomparable belleza, seguramente las pasiones guardadas la hacían lucir extraordinaria, era como el alba, tibia, como el bosque a mediodía, viva, palpitante, como un sueño jamás vivido, más poderoso que lo terrenal, abstracto en su pronunciar, silenciosa pero vivaz, era el espectáculo de invierno abrumando serenidad en las miradas inexistentes que se asomaban por el balcón, era un escape, una explosión inmóvil que generaba curiosidad involuntaria, no era su virginal pureza lo que atraía, sino lo sensible, lo estremecedor que con sus labios expresaba cuando tomaba la seriedad más posible, era como la constelación en un eco de infinitos universos. 

Y en la claridad de su naturaleza cuando se encontraba sola, susurró suavemente cuando cogía su mano al aire, un silencio desfigurado, reunió valentía y alzando los ojos, consumió el compás de los latidos con la fuerza de la libertad.
Libertad, se hizo llamar, cuando alcanzó a dirigir su pasado y reclinando su respiración sobre aquella espontanea meditación, encendió la sangre que se le había congelado en las venas, se violentó y nació de la pena la latitud de los años no vividos.
FIN
I. Goretti.®


Tematica del cuento: Dirigido a los genitales femeninos, englobando tres aspectos, primero, la  creencia de la sexualidad de la mujer, luego, el deseo de los genitales femeninos de saber más y el impulso por encontrarlo, al final desemboca en el encuentro con su verdadera identidad sexual y el rompimiento del tabú de la sexualidad. 
Personajes: 
Narrador
Genitales femeninos ( con el nombre y apellido de "Mujer Procreación") al fina ( su verdadero nombre "Libertad")

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Día 42. Toreando Firmamentos.

Sentí que esta noche sería perfecta para escribirle a la honorable noche, me senté como de costumbre no muy frecuente, frente al monitor, esperando a que pasara como rayo mi amada inspiración, no quise esperarle más, las ansias revoloteaban y entonces comencé a escribir.

Esto fue lo último que escuché de aquella boca que en un momento único, conversación a dos, ella me dijo...

-Gracias, es un halago que alguien escriba sobre mí, ni mis hermanos harían esto-

En aquel pasar de saliva, revuelta, revolcada por un sentimiento de placer, de emoción, de paz, esbocé una sonrisa con la sinceridad más enorme que pudiese existir, hasta me sentí en plenitud cuando el viento se deslizaba en aquel silencio que podría volverse inquieto entre nuestras miradas de amistad. Fue entonces que me preparé para conocer una historia jamás contada por alguien en carne y hueso, una historia que a lo mejor me hubiera gustado vivir, para contar, pero esta vez fue mucho mejor de lo que creí.

Sin duda me sentía muda, intranquila, deseosa, disimulaba un poco con la sonrisa, desvariaba y me reservaba la voz para no arruinar el momento. Pronto me convertiría en el mar sin fronteras, con las manos llenas de voces ajenas, con los ojos y la memoria de un atardecer, recordando la quietud de su implacable legado.
No quise dejarme al descubierto pero fue una sensación enardecedora, en algún momento tendría que saberlo, pero no sabía cómo, cuándo. Pude contenerme las ganas de explotar, pude sentirme el firmamento que toreaba nubes, alcanzando el apogeo de mi sangre, cuanto más y más me se tragaban mis oídos sus palabras me remontaba a los años en que la marea de toros caía sobre mis hombros, tomé el mejor ángulo del relato prestado y lo disfruté como quien escribe un poema, con el esmero preciso, ella era elocuente, sagaz, tan minuciosa para ponerle la atención más mágica, era, era la fascinación que me arrasaba en los gestos ocultos, aniquilaba mi juicio, lo estrujaba, era demolido por aquella inigualable escena de entrega, mi vida se debatía entre la guerra interminable del paisaje que con su aliento me trazaba muy contenta, era un eco que pronunciaba la bravura de su pecho que ardía como sólo los apasionados saben, nadie pudo hablarme antes de lo bello que puede ser un toro, nadie pudo mejor que ella mostrarme que en la sangre se lleva la pasión por ver toreando firmamentos.

Aún siento como me devoraba con sus palabras, creí que sería succionada por el agujero negro que rodeaba la calma y la contemplación de la locura, pedía más, yo quería más, y mi capricho fue cumplido, fue que me relató entonces su gran amor por los caballos, esa libertad, su vuelo, le descubrí la mirada atrevida cuando un brillo rodó por sus pupilas y ella estaba allí, inmóvil, alucinada por la travesía que cruzábamos con tan sólo los segundos.

Me conmovió tanto saborear de nuevo aquella intensidad de las cosas, saber que personas como ella guardan en su interior inquietud, tienen algo que los personifica como tal, es la esencia de cada quien, es una cualidad mayor que me revela curiosidad, que me impulsa contemplación, sigilo, casi una observación compulsiva, obsesiva, así me disfracé, y entonces encontré que mis "víctimas" tienen algo en común, se valen por un similar infinito, pero es el secreto que conservaré en un libro que sigue intacto, intacto desde aquella vez que un mismo aliento me robó el sueño.

En esta nota resalta mi estimación y admiración 
por mi amiga Ariana J. 

Prometiendo la continuidad de esta historia
que me revuelve los sentidos,
que se enmarca en nuestras páginas, mías. 
I. Goretti.®


martes, 23 de octubre de 2012

Día 41. El mismo aliento.

Un silencio momentáneo susurraba respuestas inesperadas, nadie murmuraba más que un suspiro liviano, lánguido y tímido venido de aquella inmensidad de nuestros ojos intrigados. Nos dispusimos a entrelazar historias, a sentenciar nuestras miradas con la lluvia de aquel anochecer, con la lluvia de su nombre pronunciado por nuestros latentes corazones; estábamos ante el nudo, la demora de saberlo todo, ante el revestir las sensaciones, lanzándonos a la textura de nuestro viento relatado por el misterio. Anunciábamos concordancias de miradas, gestos, realidades, encuentros y momentos preciosos, era el desprendimiento de los días rebuscados.

Nos arriesgamos en esencia, recogimos las hojas derramadas una y tantas veces por el árbol que nos llenó el alma, que nos engrandecía el sístole-diástole, la controversia provocada en la noche interminable, los suspiros entrecortados, la felicidad misma que nos sorprendió en el alba, tantas ocasiones que quisimos que fueran las eternas realidades de nuestra vida.

-¿Cuántas veces dije que te amaba, en silencio, con la mirada?-

Encendimos el recuerdo más verdadero, el más oportuno, nos miramos con el mismo aliento, eramos tan frágiles y sutiles, pero luego fuimos las tenaces y las que pudieron desnudar en sesenta minutos el recuento de nuestra semejante historia de amor. Nos comíamos las voces con el mismo aliento y eramos apresadas por la melancolía de la música, por la armonía de las luces y el entrometido aire que jugaba con nuestros cabellos. Pero no podíamos detenernos ya, no podíamos esperar más, queríamos todo y nada, y más que nada, lo quisimos tantas veces... A él.

Después de todo, nos sorprendimos con la sonrisa, sacudimos con sigilo al cielo, con deseo de alcanzar el fuego que nos arrullase la piel, como una caricia última palpitando, evocando al Octubre de nuestros amores, guardando en la memoria la aventura del peligro, la censura y travesura.

Fuimos el ingenio de los sueños,
fuimos pájaros con sonrisas perseguidas
de aspiraciones sembradas y fervientes,
de bramidos en los corazones vivos
y con el júbilo de la joven rebeldía.

En cambio; él. Él fue el desorden,
infalible en su desdén,
en el engaño que nos causó,
un desprecio en el respiro de cada día.

                                                                                                      I. Goretti.®


Y entonces, cuando acabada la conversación, contemplé el detenimiento con que hojeabas aquel libro, no me sorprendió, pues fue el mismo detenimiento con que hojee por primera vez aquel regalo.
Pero más que todo eso, agradecí la nueva amistad que surgió de aquella desconocida, de mi conversación con una nueva amiga.
Conversación a dos