martes, 23 de octubre de 2012

Día 41. El mismo aliento.

Un silencio momentáneo susurraba respuestas inesperadas, nadie murmuraba más que un suspiro liviano, lánguido y tímido venido de aquella inmensidad de nuestros ojos intrigados. Nos dispusimos a entrelazar historias, a sentenciar nuestras miradas con la lluvia de aquel anochecer, con la lluvia de su nombre pronunciado por nuestros latentes corazones; estábamos ante el nudo, la demora de saberlo todo, ante el revestir las sensaciones, lanzándonos a la textura de nuestro viento relatado por el misterio. Anunciábamos concordancias de miradas, gestos, realidades, encuentros y momentos preciosos, era el desprendimiento de los días rebuscados.

Nos arriesgamos en esencia, recogimos las hojas derramadas una y tantas veces por el árbol que nos llenó el alma, que nos engrandecía el sístole-diástole, la controversia provocada en la noche interminable, los suspiros entrecortados, la felicidad misma que nos sorprendió en el alba, tantas ocasiones que quisimos que fueran las eternas realidades de nuestra vida.

-¿Cuántas veces dije que te amaba, en silencio, con la mirada?-

Encendimos el recuerdo más verdadero, el más oportuno, nos miramos con el mismo aliento, eramos tan frágiles y sutiles, pero luego fuimos las tenaces y las que pudieron desnudar en sesenta minutos el recuento de nuestra semejante historia de amor. Nos comíamos las voces con el mismo aliento y eramos apresadas por la melancolía de la música, por la armonía de las luces y el entrometido aire que jugaba con nuestros cabellos. Pero no podíamos detenernos ya, no podíamos esperar más, queríamos todo y nada, y más que nada, lo quisimos tantas veces... A él.

Después de todo, nos sorprendimos con la sonrisa, sacudimos con sigilo al cielo, con deseo de alcanzar el fuego que nos arrullase la piel, como una caricia última palpitando, evocando al Octubre de nuestros amores, guardando en la memoria la aventura del peligro, la censura y travesura.

Fuimos el ingenio de los sueños,
fuimos pájaros con sonrisas perseguidas
de aspiraciones sembradas y fervientes,
de bramidos en los corazones vivos
y con el júbilo de la joven rebeldía.

En cambio; él. Él fue el desorden,
infalible en su desdén,
en el engaño que nos causó,
un desprecio en el respiro de cada día.

                                                                                                      I. Goretti.®


Y entonces, cuando acabada la conversación, contemplé el detenimiento con que hojeabas aquel libro, no me sorprendió, pues fue el mismo detenimiento con que hojee por primera vez aquel regalo.
Pero más que todo eso, agradecí la nueva amistad que surgió de aquella desconocida, de mi conversación con una nueva amiga.
Conversación a dos


sábado, 13 de octubre de 2012

Día 40. El hombre nube.



Aquella noche, sin esperar más, me dispuse a sentenciar a la luna con la mirada, dándole tiempo a las nubes a dispersarse por lo más extenso de su infinito cielo contorneado, hasta alcanzar por los paralelos mundos una escena que supiera estrechar sus elocuencias con mis enajenados murmullos que fui enmarañando en mi entrañable mente demente.

Nada, nada surgió de aquella memorable escena estupefacta que ocasionó en mi parálisis una emotividad tan grande y tan celosa, a lo mejor sería engañada por la silueta bien formada, por su abstracta vida intocable, inalcanzable, pero nunca sería quien sabría de olvidos como lo supieron todos aquellos hombres bardos, dejando su legado en el recoveco de cada biblioteca, de cada pensamiento y desdén, sino sería la carta implacable de argumentos falsos, hasta convertirse en el ímpetu del firmamento ocasionado; una burbujeante fuerza con que se vestía el hombre nube.

En libertad, sobresaltó el silencio de sus ojos, y con su quejido medio escondido se miraba entre espejismos pertenecientes a su veneno de medio día. Le asaltaron las palabras que transcurrieron en su piel de magia, volvía de donde nunca vino, de donde jamás se perteneció, se creía la vanidad de cada rayo de luz apresado por sus pensamientos infinitos, locamente en su conciencia era el primero de mis momentáneas controversias, y ya estaba ahí, entre mis cuestionamientos, pisando las miradas al paso, arrancando la quietud de sus moléculas esquizofrénicas, donde disimulaba su ansiedad de ser aire, de ser nube, infinito del todo. 

Comenzaba a creer que la tempestad volcaría con su inoportuno desvarío las renuncias nocturnas de su cuerpo vivo, pero fue un escape que reservaba el vacío de la inspiración, y sin palabras, en el silencio, me alcé, me centré, me dejé perpleja, en calma, me llevé a su interior de piel atravesada. Y morí en la estación donde la nube se convertía en hombre de chapuceros vehementes.

Y se fueron fragmentando las ansias de la curiosidad con los pájaros en la cabeza, cerca del lienzo, entrometiendo con las manos, con el mar superpuesto en las sienes sin fronteras, la incontenible locura renovada, observando la contemplación de sus prohibidos pasos en el grito frío que me dejó a su paso el margen de su lenguaje insólito.

I. Goretti.®

 

miércoles, 3 de octubre de 2012

Día 39. La continuidad de la sangre.

Continuación:
Me llamo Óscar y siento que vivo para contar la siguiente historia que nunca conté...

Desplacé mi copa hasta la orilla de la mesa, era una noche majestuosa, en  los escurridos ventanales se anunciaban los bramantes chapuceros y el renacer de un nuevo cielo, era el momento de un viernes sin Julio,  el más inquietante de los días, me hervía la sangre de la emoción y no podía romper el caudal de la rebeldía que sucumbía mis deseos descubiertos por la incandescente lluvia desconocida.

Fue la profunda duda  que se atrevía a cruzar mi confusa desesperación de sueños en ese hermoso lugar donde la gente se consumía los ojos y se succionaban con besarse, en algunas miradas el disimulo les vencía y a pocos melancólicos que disfrutaban el escenario que la entallada noche ofrecía como anunciando los bramantes chapuceros y el renacer de un nuevo cielo se les desplomaba la continuidad de la sangre al compás de las manecillas que marcaban los tiempos sin tiempo y con marcha desesperada de maullar. 

Mi suerte resucitó vacilante por la maravilla que antepusieron en mis ojos. Se nublaron las chispas de mis pupilas descritas en el llanto de Julio y todo tan pronto como el agujero negro estaba infértil, aquella inocente y flamante lluvia absorbió los líquidos escarlata que se remolineaban por el envase en forma de cuerpo, las vertebras fueron comprimidas a su merced, mi envoltura fue conjuro de sus deseos hasta volverme el más inmundo de los hombres sobre la faz del universo.
Jamás creí que se trozarían esas chispeantes miradas que tergiversaban como cualquier espíritu deambulando descaradamente frente a los ojos de los gatos y de los míos, aterrorizados y estupefactos, pobres, sentí todo al mismo tiempo, todo revuelto y en desorden, se me desprendió la voluntad de las manos y nadie, nadie salía a mi auxilio, sólo estaba yo, ahora bajo el caudal de la rebelde noche que sucumbía esos deseos incontrolables de ser su furia y su bravura. No podía permanecer más tiempo allí, me sentía una pequeñez aplastada sobre la banqueta, nadie venia a mi auxilio, sólo estaba yo, todo era un desorden, mis brazos amontonados y yo sin la posibilidad de desprenderme hasta afanarme en su mirada angelical y voraz. Nadie comprendía mi razón de ser, todos pensaban que sufría algún trastorno a raíz de aquel accidente que sufrió mi cuerpo cuando intentaba lanzarme a los brazos de la exquisita e inmaculada lluvia.

A lo mejor si me volvía una locura para la sociedad, pero para aquella excitante lluvia sería el Dios que adoraría sus fervientes derrames que anunciaban los bramantes chapuceros y el renacer de un nuevo cielo.

-¡Oh! Lluvia, amada mía, vuestro corazón se fundirá cuando mi lluvia interior escarlata se transforme con vos, y tu lluvia con la mía sean lo que nunca pensamos ser, una alcancía de caricias almacenadas en la inmensidad de cada cielo desconocido, alcemos los corazones y callemos el eco en un suspiro erotizado y silenciado, a la fuga, abandonemos la sensación de existir y arrojemonos como la lluvia de cada vida misma.-
FIN.
                                                                                                    I. Goretti.®