Un silencio momentáneo susurraba respuestas inesperadas, nadie murmuraba más que un suspiro liviano, lánguido y tímido venido de aquella inmensidad de nuestros ojos intrigados. Nos dispusimos a entrelazar historias, a sentenciar nuestras miradas con la lluvia de aquel anochecer, con la lluvia de su nombre pronunciado por nuestros latentes corazones; estábamos ante el nudo, la demora de saberlo todo, ante el revestir las sensaciones, lanzándonos a la textura de nuestro viento relatado por el misterio. Anunciábamos concordancias de miradas, gestos, realidades, encuentros y momentos preciosos, era el desprendimiento de los días rebuscados.
Nos arriesgamos en esencia, recogimos las hojas derramadas una y tantas veces por el árbol que nos llenó el alma, que nos engrandecía el sístole-diástole, la controversia provocada en la noche interminable, los suspiros entrecortados, la felicidad misma que nos sorprendió en el alba, tantas ocasiones que quisimos que fueran las eternas realidades de nuestra vida.
-¿Cuántas veces dije que te amaba, en silencio, con la mirada?-
Encendimos el recuerdo más verdadero, el más oportuno, nos miramos con el mismo aliento, eramos tan frágiles y sutiles, pero luego fuimos las tenaces y las que pudieron desnudar en sesenta minutos el recuento de nuestra semejante historia de amor. Nos comíamos las voces con el mismo aliento y eramos apresadas por la melancolía de la música, por la armonía de las luces y el entrometido aire que jugaba con nuestros cabellos. Pero no podíamos detenernos ya, no podíamos esperar más, queríamos todo y nada, y más que nada, lo quisimos tantas veces... A él.
Después de todo, nos sorprendimos con la sonrisa, sacudimos con sigilo al cielo, con deseo de alcanzar el fuego que nos arrullase la piel, como una caricia última palpitando, evocando al Octubre de nuestros amores, guardando en la memoria la aventura del peligro, la censura y travesura.
Nos arriesgamos en esencia, recogimos las hojas derramadas una y tantas veces por el árbol que nos llenó el alma, que nos engrandecía el sístole-diástole, la controversia provocada en la noche interminable, los suspiros entrecortados, la felicidad misma que nos sorprendió en el alba, tantas ocasiones que quisimos que fueran las eternas realidades de nuestra vida.
-¿Cuántas veces dije que te amaba, en silencio, con la mirada?-
Encendimos el recuerdo más verdadero, el más oportuno, nos miramos con el mismo aliento, eramos tan frágiles y sutiles, pero luego fuimos las tenaces y las que pudieron desnudar en sesenta minutos el recuento de nuestra semejante historia de amor. Nos comíamos las voces con el mismo aliento y eramos apresadas por la melancolía de la música, por la armonía de las luces y el entrometido aire que jugaba con nuestros cabellos. Pero no podíamos detenernos ya, no podíamos esperar más, queríamos todo y nada, y más que nada, lo quisimos tantas veces... A él.
Después de todo, nos sorprendimos con la sonrisa, sacudimos con sigilo al cielo, con deseo de alcanzar el fuego que nos arrullase la piel, como una caricia última palpitando, evocando al Octubre de nuestros amores, guardando en la memoria la aventura del peligro, la censura y travesura.
Fuimos el ingenio de los sueños,
fuimos pájaros con sonrisas perseguidas
de aspiraciones sembradas y fervientes,
de bramidos en los corazones vivos
y con el júbilo de la joven rebeldía.
En cambio; él. Él fue el desorden,
infalible en su desdén,
en el engaño que nos causó,
un desprecio en el respiro de cada día.
I. Goretti.®
I. Goretti.®
Y entonces, cuando acabada la conversación, contemplé el detenimiento con que hojeabas aquel libro, no me sorprendió, pues fue el mismo detenimiento con que hojee por primera vez aquel regalo.
Pero más que todo eso, agradecí la nueva amistad que surgió de aquella desconocida, de mi conversación con una nueva amiga.
Conversación a dos


