sábado, 13 de octubre de 2012

Día 40. El hombre nube.



Aquella noche, sin esperar más, me dispuse a sentenciar a la luna con la mirada, dándole tiempo a las nubes a dispersarse por lo más extenso de su infinito cielo contorneado, hasta alcanzar por los paralelos mundos una escena que supiera estrechar sus elocuencias con mis enajenados murmullos que fui enmarañando en mi entrañable mente demente.

Nada, nada surgió de aquella memorable escena estupefacta que ocasionó en mi parálisis una emotividad tan grande y tan celosa, a lo mejor sería engañada por la silueta bien formada, por su abstracta vida intocable, inalcanzable, pero nunca sería quien sabría de olvidos como lo supieron todos aquellos hombres bardos, dejando su legado en el recoveco de cada biblioteca, de cada pensamiento y desdén, sino sería la carta implacable de argumentos falsos, hasta convertirse en el ímpetu del firmamento ocasionado; una burbujeante fuerza con que se vestía el hombre nube.

En libertad, sobresaltó el silencio de sus ojos, y con su quejido medio escondido se miraba entre espejismos pertenecientes a su veneno de medio día. Le asaltaron las palabras que transcurrieron en su piel de magia, volvía de donde nunca vino, de donde jamás se perteneció, se creía la vanidad de cada rayo de luz apresado por sus pensamientos infinitos, locamente en su conciencia era el primero de mis momentáneas controversias, y ya estaba ahí, entre mis cuestionamientos, pisando las miradas al paso, arrancando la quietud de sus moléculas esquizofrénicas, donde disimulaba su ansiedad de ser aire, de ser nube, infinito del todo. 

Comenzaba a creer que la tempestad volcaría con su inoportuno desvarío las renuncias nocturnas de su cuerpo vivo, pero fue un escape que reservaba el vacío de la inspiración, y sin palabras, en el silencio, me alcé, me centré, me dejé perpleja, en calma, me llevé a su interior de piel atravesada. Y morí en la estación donde la nube se convertía en hombre de chapuceros vehementes.

Y se fueron fragmentando las ansias de la curiosidad con los pájaros en la cabeza, cerca del lienzo, entrometiendo con las manos, con el mar superpuesto en las sienes sin fronteras, la incontenible locura renovada, observando la contemplación de sus prohibidos pasos en el grito frío que me dejó a su paso el margen de su lenguaje insólito.

I. Goretti.®

 

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