Estuvimos a punto de acabarnos las miradas que se escondían en los bolsillos con ímpetu, casi ajenos, al principio de una dulce caricia que nos sostuvo con la fragancia de un beso.
Nos cobijamos del frío, con los ayeres de un recuerdo, lanzando un quejido al viento moribundo, inventamos primaveras que pudiesen salvarnos del invierno que atravesaba nuestros frágiles huesos de seda, éramos como la incesante lluvia que cabalgaba penas en cada rincón sin esquinas, y transcurrieron las inquietudes de encontrarnos piel con piel, devorarnos el cabello con premura, hasta incendiarnos, así como persiguiendo el capricho de agotar la noche sin prejuicios.
Incrédulos, con las manos descubiertas, nos dijimos tantas cosas, en la complicidad de la oscuridad que nos sostenía los labios con urgencia de nuestros latidos revueltos, desaforados.
Casi tan pronto como pudimos despertamos tantas cosas y mis ayeres eran tus ayeres, ayeres que crujían como hojas al pisarlas, estábamos perplejos ante la carencia de nombres que se fusionaban, el insomnio, la flama, lo incierto, la brisa, el calor. Nuestros ayeres tenían formas, colores, risas, recuerdos, aromas, tenían sueños dispuestos a descubrirse en el ocaso y culminarse en las auroras sin destino, tenían ayeres que se sentaban a esperar la señal de arrojarse en sus anhelos.
El murmullo de la risa amparó la latitud de nuestros cuerpos, casi en júbilo y con besos afortunados nos sujetamos a la vida que nos trazaba sin el límite de cada boca melancólica.
Y a nuestra suerte, mala suerte, acabó con los ayeres, tus ayeres, mis ayeres, que fueron ayeres que se prohibieron sin mirarse, cuando la taza de café heló y tú, tú no pudiste sostenerte más, entonces, hasta entonces vibró una lágrima que desmoronó la dualidad del silencio y el griterío, fue hasta entonces que nuestros ayeres fueron el uno mismo y el más ajeno a la memoria, y el secreto alcanzó a pronunciar su entrega y convertirse en ayer
con la última taza de café
y dos cuerpos,
y dos voces,
y una cama,
y una memoria,
y un suspiro,
y un latido...
Y un ayer.
Y a nuestra suerte, mala suerte, acabó con los ayeres, tus ayeres, mis ayeres, que fueron ayeres que se prohibieron sin mirarse, cuando la taza de café heló y tú, tú no pudiste sostenerte más, entonces, hasta entonces vibró una lágrima que desmoronó la dualidad del silencio y el griterío, fue hasta entonces que nuestros ayeres fueron el uno mismo y el más ajeno a la memoria, y el secreto alcanzó a pronunciar su entrega y convertirse en ayer
con la última taza de café
y dos cuerpos,
y dos voces,
y una cama,
y una memoria,
y un suspiro,
y un latido...
Y un ayer.
I. Goretti.®

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