Aquella noche, sin
esperar más, me dispuse a sentenciar a la luna con la mirada, dándole tiempo a
las nubes a dispersarse por lo más extenso de su infinito cielo contorneado,
hasta alcanzar por los paralelos mundos una escena que supiera estrechar sus
elocuencias con mis enajenados murmullos que fui enmarañando en mi entrañable
mente demente.
Nada, nada surgió de
aquella memorable escena estupefacta que ocasionó en mi parálisis una
emotividad tan grande y tan celosa, a lo mejor sería engañada por la silueta
bien formada, por su abstracta vida intocable, inalcanzable, pero nunca sería
quien sabría de olvidos como lo supieron todos aquellos hombres bardos, dejando
su legado en el recoveco de cada biblioteca, de cada pensamiento y desdén, sino
sería la carta implacable de argumentos falsos, hasta convertirse en el ímpetu
del firmamento ocasionado; una burbujeante fuerza con que se vestía el hombre
nube.
En libertad, sobresaltó
el silencio de sus ojos, y con su quejido medio escondido se miraba entre
espejismos pertenecientes a su veneno de medio día. Le asaltaron las palabras
que transcurrieron en su piel de magia, volvía de donde nunca vino, de donde
jamás se perteneció, se creía la vanidad de cada rayo de luz apresado por sus
pensamientos infinitos, locamente en su conciencia era el primero de mis momentáneas
controversias, y ya estaba ahí, entre mis cuestionamientos, pisando las miradas
al paso, arrancando la quietud de sus moléculas esquizofrénicas, donde
disimulaba su ansiedad de ser aire, de ser nube, infinito del todo.
Comenzaba a creer que
la tempestad volcaría con su inoportuno desvarío las renuncias nocturnas de su
cuerpo vivo, pero fue un escape que reservaba el vacío de la inspiración, y sin
palabras, en el silencio, me alcé, me centré, me dejé perpleja, en calma, me
llevé a su interior de piel atravesada. Y morí en la estación donde la nube se
convertía en hombre de chapuceros vehementes.
Y se fueron
fragmentando las ansias de la curiosidad con los pájaros en la cabeza, cerca
del lienzo, entrometiendo con las manos, con el mar superpuesto en las sienes
sin fronteras, la incontenible locura renovada, observando la contemplación de
sus prohibidos pasos en el grito frío que me dejó a su paso el margen de su lenguaje insólito.
I. Goretti.®
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