Labré su nombre entre castillos con enormes corredizos y alegría por doquier, fui muchas veces una dama de la oscuridad que se encendía por las noches simplemente para iluminar su cielo y convertirnos en la tinta indeleble que trazara constelaciones jamás vistas por el universo entero.
No era la voluntad la que impedía nuestro deseo de ser el poema fértil de cada amanecer en el lecho de una pluma amada y transparente, sino era el temor más grande que nos sujetaba de una cuerda floja directamente al precipicio, podría un pacto salvarnos el alma, claro, he ahí nuestra esperanza.
No era la voluntad la que impedía nuestro deseo de ser el poema fértil de cada amanecer en el lecho de una pluma amada y transparente, sino era el temor más grande que nos sujetaba de una cuerda floja directamente al precipicio, podría un pacto salvarnos el alma, claro, he ahí nuestra esperanza.
No tardamos en darnos cuenta que fuimos un juego de mesa, una diversión de manos ajenas y pérfidas, nos convirtieron en la mira, las piezas mal jugadas nos fueron el daño más grande que podríamos contener en la vida insulsa del uno sin el otro.
Me vi recompensada después de tanto lamento y tristeza con una estrella que me mirase como protectora de mis caminos inciertos, en cambio a él, parece que recibió la muerte, sujetaba una nota, aunque no le fue tan bien como a mí, cuando su rostro helado y con expresión nula de felicidad me di cuenta que algo andaba mal, corrí hasta sus brazos y me negó, la nota se evaporó en mis manos cuando querían explicación clara, era alguna broma seguramente, si, una broma. Él, en momentos se marchó llevándose algo que lo cubriese de las temperaturas de allá afuera, lo poco que le pude observar eran unas pequeñas lagrimas que se acomodaron en las huellas que dejó al principio de su partida inexplicable, me mantuve quieta, incomprendida por aquella escena sin explicación, reaccioné un poco después de que aquel hombre ya no se divisaba entre mis ojos perdidos, corrí hasta el pequeño chapucero donde había depositado un poco de su alma y sujeté por un momento esas derramadas y tristes gotas de sus ojos. Tomé con un puño un poco de viento, lo apreté, lo estrangulé, lo asesiné con mis manos de dama, juraba sentir la desdicha más grande y el dolor más golpeado.
Al pasar los años, quizás décadas incontables, lamentaba tanto el error más auténtico que pudieron cometer mis ojos, lo vi con esta ceguera inútil y bastarda pero nunca le pedí que me llevase con él, a lo mejor me negaría pero me habría encantado jurarle ante esta luna y su estrella que me iluminan sin razón de sus texturas, lo más sincero y entregado que pudieran mis labios pronunciar por él. Pero me detuvieron y me prohibieron las manos para coger las suyas y declararle al mundo que sin ti un paso no es más que una nada si no es conjunto de los dos.
Denuncié la violación a nuestra felicidad, pero el tiempo se había carcomido, era una oportunidad que se había podrido ya. Con el tiempo esa carta por extrañas razones estuvo en mis manos, yo en desconcierto la miré, la leí, la observé, la sostuve, la olí, la toqué... Era él... me explicaba las razones de su partida, él creyó que mi vida estaba puesta en los ojos de alguien más que me llenaría con su dicha y que él no representaba ni lo más mínimo para mí, al parecer le mintieron igual que a mí, él me miró con su dulzura más varonil a través de su pequeña carta, no podía entender la razón de las segundas oportunidades, pero ahora que son posibles lucharé por lo que siempre se mantuvo vivo aunque me cueste la mitad de la eternidad.
-Creo en las segundas oportunidades, pero... si tienes una antes que la segunda ¿por qué no aprovecharla? para no lamentarse después-
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